Jorge Romero El Faro

El país que no funciona

Hace algunos años escuché a alguien decir algo que se quedó marcado en mi cabeza: “este país no funciona, punto”. Y esa misma frase retumbó en mi interior cuando el miércoles por la noche llegué y vi que mi bicicleta había desaparecido del bicipuerto de la estación del Tuzobús, donde la había dejado la tarde de ese mismo día.

Me gusta viajar en transporte público. Soy de una generación cuya infancia transcurrió sin necesidad de tener un coche. Pachuca era una ciudad pequeña y casi podías llegar a cualquier lado caminando.

Pero conforme fuimos creciendo, tanto la ciudad como mi generación, las distancias se hicieron más largas. Y el coche se hizo algo necesario. También se convirtió en aspiración, en símbolo de progreso. Al cabo del tiempo, llegó el primer coche a la familia. No era un último modelo, era un Ford Fairmont 1980, ocho cilindros. En ese entonces la gasolina no era tan cara. Un coche era suficiente para toda la familia. Después, hice todo lo posible por conseguir un coche exclusivamente para mí.

En alguna época de mi juventud, me mudé a la Ciudad de México. En esa temporada el coche que tenía se volvió un dolor de cabeza. No porque no funcionara, sino porque en la capital del país es muy caro tener uno. El edificio de departamentos donde vivía carecía de estacionamiento, así que había que buscar un lugar en las calles aledañas. Y esa simple acción, podía convertirse en toda una hazaña. Y si querías un estacionamiento, era necesario pagar otra renta.

Cualquiera que visite las colonias céntricas de la capital puede darse cuenta de las batallas que hay que librar para encontrar un espacio lejos de franeleros o de tipos sospechosos. Por eso, prefería dejar el coche estacionado casi toda la semana y entonces nada más era útil para viajar a Pachuca y viceversa. Fue entonces que, como en mi infancia y adolescencia, volví a usar el transporte público de manera cotidiana.

En esa época también me di cuenta de que disfrutaba viajar en transporte. A pesar de hacerlo en vagones o microbuses saturados, el traslado al trabajo era algo que disfrutaba. Algo tan simple como escuchar historias ajenas a mí o toparme con toda clase de personajes.

Regresé a Pachuca con mi familia justo porque fuimos víctimas de un robo a mano armada. Nos despojaron de nuestro coche, un Volkswagen Lupo. Compacto, ahorrador, era justo lo que necesitábamos. Una noche de domingo en la oscuridad nos esperaban unos tres o cuatro malandros en la esquina de la calle donde vivíamos.

De regreso a Pachuca, y tiempo después, otro coche llegó y me alejé nuevamente del transporte público… Hasta hace unos meses, que por fallas mecánicas regresé a ser un pasajero cotidiano.

Y en esos menesteres andaba, cuando el pasado miércoles por la noche regresé por la noche a casa, y descubrí que la bicicleta que había dejado aparcada y amarrada con una cadena simplemente desapareció. En ese momento me di cuenta de que, en efecto, siempre hay algo que no funciona en este país.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *