Reflexionar en soledad, aislándose durante un momento del compulsivo diluvio de mensajes con que las redes sociales (o sociodigitales, como las llaman algunos autores) bombardean a diario nuestra existencia, es actualmente uno de los actos más odiados. La reflexión implica esfuerzo y persistencia, lo que para muchos se equipara a una tortura. Supone un mínimo de ejercicio metodológico y de raciocinio, lo que casi toda la gente detesta o le da hueva hacer. Requiere voluntad y disciplina, tan escasas en el moderno mercado de virtudes.
El axioma básico en que se basa esta postura es que otorgarse el menor tiempo posible a uno mismo, con mayor razón si esto deriva en meditar y, en consecuencia, conocerse, es igual a estar saludable. Qué peligrosos resultan entonces los silencios y por eso urge evadirlos o rellenarlos con distractores, no vaya a ser que el vacío obligue a pensar. ¡Vivan, pues, los benditos pulgares, martillando como locos la pantalla del celular en pos de un escape, sin el cual la cotidianidad resultaría insoportable! ¡Viva el neurótico exceso de notas e imágenes! ¡Muera el tiempo desperdiciado en leerlas y verlas bien, con ojo crítico, cuestionando sus contenidos o confrontándolos con los de otras fuentes!
Toda proporción guardada, diríase que el ídolo en que se ha convertido el internet es una suerte de ruido blanco, y por lo mismo subconsciente, producido por la inmediatez y lo vertiginoso de la comunicación digital. Adormece, aletarga, hipnotiza. Crea una zona de confort, un adictivo escudo para no tener que dedicarse al pensamiento propio. Si esta burbuja protectora llegara a romperse, el internauta quedaría a la deriva y podría conducirlo al puerto del que rehúye como a la peste: el autoanálisis. Mejor morir ahogado que ser un náufrago de sí mismo, dirá.
La inundación informativa es inevitable en la época presente y sin duda lo será más cada vez. Desde luego, sería absurdo negar que, además de su facilidad de acceso, constituye una herramienta útil y necesaria. El problema está en la dependencia que genera en el receptor y la dictadura que le impone. Cuando el usuario no cuenta entre sus hábitos de vida practicar la gimnasia de la conciencia o ya la ha perdido por desuso, la sobredosis de información puede llevarlo al caos mental y, en una de ésas, al delirio. La araña internética lo habrá cogido al fin en sus pegostiosas redes.
Antonio Fogazzaro (1842-1911), novelista y poeta italiano, ironizó en una de sus obras: “En los tiempos de La Fontaine los animales hablaban; hoy, escriben”. Me permito imaginar que, si hubiera dicho ahora esta sentencia, la habría rematado de otra forma: “hoy, dejan en manos de las plataformas que piensen y hablen por ellos”. Todo sea para librarse del fastidio de razonar por su cuenta.
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