La lengua materna, le dicen, como si no fuese —o no hubiera— también paterna. Cuestión de genes, naturalmente, y de contexto familiar. O al menos yo reconocí muy temprano mi vocación lingüística, tanto a través de Chabelita Paniagua como de Rodolfo Rivas. Recuerdo bien que la semilla hablante sembrada por mi padre empezó a germinar en mí desde aquel feliz momento cuando me platicó que había descubierto por fin de dónde provenía el extraño nombre que en la Huasteca usamos para designar a cierto tipo de pan casero: del inglés ginger bread (‘pan de jengibre’), huastequizado como «chichimbré».
La mater-pater linguae, si vale un latinajo así; o mejor: lengua «mapaterna». Aquella a la que el mundo le canta mañanitas cada 21 de febrero. Aquella que nos da piso en el tránsito de la vida y nos salva de caer en el desfiladero de la incomunicación. Aquella que nos permite encadenar una idea, una vivencia, una sensación, con otra. Aquella por la cual conjugamos a diario tres verbos capitales: identificar, pertenecer, existir. En suma, una indeleble marca de agua, aunque ni cuenta nos demos a veces de llevarla en nuestro ADN.
La lengua docente, también, porque la enriquecemos entre pizarrones, pupitres, libros de texto y cuadernos. La escuela como prolongación de lo hogareño, con todas sus ventajas y desventajas implícitas. El aula como ámbito exterior del vientre y corresponsable de la vida comunitaria. El profesorado como alma máter, o sea, como ‘alma nutricia’, que eso significa dicha voz en latín. Lástima que ahora ya no se preste al idioma la atención curricular que antes merecía, cuando se titulaba «lengua nacional», y que poco o nada se interese el actual magisterio por trasmitir al alumnado el amor hacia la palabra oral y escrita.
La lengua puesta al microscopio, para comprenderla, paladearla y ejercerla a plenitud. Me encanta diseccionar el lenguaje, explorar cómo se construye, excavar en sus etimologías, con mayor razón si éstas provienen del náhuatl o de otra lengua indígena. Respeto sus afeites ortográficos y sintácticos, pese a que en ocasiones me rebelo ante aquellos usos y reglamentos cultistas que considero ilógicos o imprácticos. Y no por pedantería sino por simple antojo creativo, hasta me atrevo a inventar vocablos, sobre todo compuestos, empezando por el que encabeza esta columna: Vozquetinta.
La lengua callejera, y la de pipa y guante. La coloquial, y la solemne. La de refranes, locuciones populares y dicharachos, y la de textos clásicos, frases célebres y citas formales. Herramienta más valiosa para servir a los demás no pudieron heredarme mi máter y también, faltaba más, mi paterfamilia.
Sigue nuestro CANAL ¡La Jornada Hidalgo está en WhatsApp! Únete y recibe la información más relevante del día en tu dispositivo móvil.

Deja una respuesta