Aprender a aceptar ausencias acumuladas altera absolutamente al alma. Aludimos aquí a aquello arrancado, alejado o abandonado; una angustia aguda, una amargura. La pérdida acontece al alejarse algo amado: amistades, amores, años, astros, almas, abrigo, aliento. Abarca abandonos, accidentes, amnesias, angustias; asestando aflicciones agudas. Aunque aparenta acabar alcances, aparece apenas antes amoldarse.
Aceptar la ausencia, aferrada anteriormente, ayuda al alma. Antes, agobios, aflicciones, arrepentimientos, añoranzas, ansiedad. Ahora, aceptación, asimilación. Afrontar la aflicción asimilando aquel adiós aviva nuevas alternativas. A veces, aprendemos apreciando atesorando aquellos ayeres, aquellos abrazos, aquellos amores. A la larga, aquella amarga angustia amaina, apareciendo amabilidad al añorar. Aprender a amar ausencias asume aquel aspecto absoluto. Aquella aflicción, antes agobiante, ahora aporta agudeza al apreciar amor.
El entendimiento del evolucionar personal exige emprender un estado de emancipación interna, conocido como renacimiento personal. Esta etapa emblemática equivale a una estructuración consciente del ser, eliminando estructuras obsoletas para empezar una existencia enriquecida. Este escenario emocional eleva al individuo en su entorno, empoderándolo hacia excelencias especiales y equilibrio. Esencialmente, es escuchar la equidad.
Puesto que el imperativo de ser constantemente productivo no conduce a la excelencia, sino a la autoexplotación. El sujeto moderno, buscando ser “excelente” bajo lógicas de mercado, se convierte en un emprendedor de sí mismo que agota su capacidad de contemplación y pensamiento profundo. La filosofía cuestiona que la verdadera excelencia no puede medirse con métricas de rendimiento o algoritmos, pues estas anulan la singularidad humana.
Si pensamos en la presión social por el “triunfo” como una manifestación del neoliberalismo psicopolítico, autores como Byung-Chul Han y Gilles Deleuze sostienen que hemos pasado de una sociedad del deber a una del “poder”. El individuo no es oprimido por un agente externo, sino que se autoimpone la obligación de triunfar para validar su existencia, convirtiendo la vida en una empresa de optimización constante.
La postura filosófica es de sospecha ante el “triunfador” del siglo XXI, a quien se define como un sujeto hiperestimulado pero vacío. Esta presión genera la “sociedad del rendimiento”, donde el fracaso no se ve como parte del aprendizaje, sino como una falla moral catastrófica. La filosofía denuncia que este modelo de éxito, basado en la visibilidad digital y la acumulación, es una forma de servidumbre voluntaria que anula la libertad real.
Frente a esto, el pensamiento crítico propone una “ética del desasimiento” o la recuperación del derecho al fracaso. Se reivindica el valor de lo inútil, el ocio y la lentitud como actos de resistencia. En lugar de perseguir el triunfo estandarizado, la filosofía invita a buscar la autenticidad, entendida como la capacidad de definir un propósito propio fuera de los algoritmos de prestigio social. Aceptar lo que construimos y soltar lo que ya nos es ausente.
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