2026: el año donde nada cambia… hasta que estorba

El año que inicia pinta para ser, en materia administrativa, una repetición de los anteriores. La identidad de este gobierno permite anticipar el futuro, porque la rutina se recrea una y otra vez con mínimas variaciones. La curva de aprendizaje sigue siendo lenta, cuando no inexistente, por lo que no hay razones para esperar un golpe de timón en las riendas del poder. Los cambios no están en la agenda política, salvo cuando interfieren con la agenda económica. Ahí sí hay prisa, consensos y capacidad de maniobra. Todo lo demás puede esperar.

El 2026 será clave para medir si la unidad dentro del grupo que hoy gobierna es real o solo un acuerdo temporal. Se acercan meses decisivos para definir a los múltiples aspirantes que buscarán aparecer en la boleta de 2027, y en ese proceso comenzarán a notarse las fisuras. Es ahí donde se verá quién manda de verdad.

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¿El grupo político con años de experiencia operando asuntos públicos? ¿El grupo económico que empuja candidaturas a billetazo limpio? ¿O el club de los juniors, donde hay más afectos personales, traiciones y resentimientos que proyecto o estrategia? La respuesta no tardará en aparecer.

Del otro lado, la oposición tendrá este año para decidir si quiere existir o solo sobrevivir. Hasta ahora, sus liderazgos parecen más interesados en administrar el poco poder que conservan que en construir un bloque opositor serio. No hay plan, no hay narrativa y no hay intención clara de incomodar al poder. Solo la inercia de seguir ahí.

Como siempre, veremos quién traiciona a quién, quién se baja, quién se vende y quién olvida lo que prometió hace apenas unos meses. El poder embriaga, y casi siempre aparece algún ingrato dispuesto a iniciar el ciclo del orgullo político, ese que suele terminar mal, en silencio y con un retiro anticipado.

También será el año para evaluar si las obras de relumbrón y las “manitas de gato” que hoy se aplican a la ciudad sirven para llenar el ojo de las selecciones de futbol que pernoctarán en Pachuca, o si solo alcanzan para la foto. La verdadera prueba vendrá después, cuando pase el evento y haya que ver si la calidad permanece o si todo vuelve a su estado original.

Veremos, además, si el respaldo del gobierno federal empieza realmente a cambiarle el rostro a un estado que ha sido olvidado durante décadas por generaciones enteras de políticos, muchos de los cuales hoy se presentan como salvadores.

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Y, por supuesto, será otro año para constatar cómo una repavimentación de dos cuadras puede tardar cinco meses —o más—, recordándonos con puntualidad que aquí el tiempo siempre se estira cuando se trata de hacer obra pública.

Con todo, queda espacio para el deseo. Ojalá 2026 sea un buen año.

Aunque la experiencia nos diga que eso, casi siempre, depende menos del calendario y más de quién controla el poder.

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