En un panorama editorial donde con frecuencia se confunden la introspección literaria y los manuales de superación personal, Qué haría si no tuviera miedo, publicado por la Editorial Gato Blanco, se levanta como una obra singular.
Su autora, la escritora capitalina Maïna Chirokoff, propone un viaje narrativo que no promete respuestas fáciles ni fórmulas prefabricadas, sino una exploración estética, emocional y profundamente humana del miedo.
La entrevista con la autora revela no solo el origen del libro, sino también una postura clara frente a la escritura, el arte y la vulnerabilidad como materia creativa.
Desde el inicio de la conversación, Chirokoff es enfática: su libro no es un texto de autoayuda, aunque muchos lectores puedan sentirse acompañados, interpelados o incluso reconfortados tras recorrer sus páginas.
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“Este era un recorrido para poder poner lo que duele en un escrito. La escritura aparece entonces como un acto de traducción del dolor, una forma de nombrar aquello que inquieta, lastima o paraliza, sin la pretensión de ofrecer soluciones universales. El miedo, en mi libro, no se elimina: se atraviesa”, explica.
La autora construye esta travesía a través de un personaje central, Remedios, quien funciona como alter ego y, al mismo tiempo, como espejo del lector.
“Yo no quiero que cuando lean el libro me lean a mí”, aclara Chirokoff. “En esta decisión radica uno de los aciertos narrativos más poderosos de la obra: Remedios no es Maïna, aunque haya nacido de mis miedos; Remedios es, en realidad, quien lee. El laberinto por el que transita el personaje es el mismo en el que todos, tarde o temprano, nos reconocemos”.
El libro está estructurado en siete capítulos, cada uno dedicado a un miedo distinto. Chirokoff los concibe como “siete pequeñas historias” que, al entrelazarse, conforman una gran narrativa.
“Cada miedo tiene su propio desarrollo, clímax y desenlace, pero todos dialogan entre sí dentro de una misma arquitectura simbólica: el laberinto. Este espacio no es estático; cambia, se transforma, se mueve al ritmo de quien lo recorre.
“Yo quería que el laberinto cambiara conmigo”, dice la autora, subrayando la idea de que el miedo no es un territorio fijo, sino una experiencia mutable.
Uno de los aspectos más llamativos del libro es su estética, claramente influenciada por las artes visuales. Chirokoff reconoce en la pintura una fuente de inspiración fundamental y encuentra en Remedios Varo una referencia central.
“La artista surrealista no solo presta su nombre al personaje, sino también una manera de mirar el mundo: desde la magia, la fantasía y la exploración simbólica de lo interno.
“Es mi artista favorita. Admiro especialmente la capacidad de Varo para enfrentar lo personal sin mostrarse de manera literal, transformando lo íntimo en una experiencia universal”, confiesa la escritora.
La referencia a obras como “Mujer saliendo del psicoanalista” no es casual. En el libro de Chirokoff, el miedo al fracaso, el juicio, el tiempo o la muerte se representan mediante imágenes que dialogan con esa tradición pictórica donde lo onírico y lo psicológico se entrelazan.
El acto de “tirar los miedos al pozo”, como sugiere la autora, no implica olvidarlos, sino reconocerlos, observarlos y, finalmente, dejarlos caer para poder avanzar.
El miedo a la muerte ocupa un lugar especial en el libro y Chirokoff aclara que no se trata tanto del temor a su propia muerte, sino al de perder a quienes ama, a la ausencia inevitable que conlleva el paso del tiempo.
“Este relato, además, tiene un origen particular: nació como una tarea escolar en la secundaria. Años después, con la madurez de la experiencia y el estudio del arte, ese texto se transformó, se enriqueció y adquirió una dimensión estética que hoy dialoga con el resto de la obra”, recuerda.
La escritora no oculta ese origen; por el contrario, lo reivindica como prueba de que los miedos más profundos suelen acompañarnos desde muy temprano.
La formación artística de Chirokoff es otro elemento clave para entender su escritura. Actualmente estudia Historia del Arte, disciplina que, según ella, le ha permitido afinar la estética de sus textos y comprender mejor las referencias que la atraviesan.
“No se trata de erudición gratuita, sino de un diálogo honesto con las obras y autores que han marcado mi camino. Así, en el capítulo dedicado al miedo al paso del tiempo, aparece la influencia directa de Momo, de Michael Ende, uno de mis libros favoritos y una referencia fundamental en mi manera de concebir el tiempo como algo que se escapa, se roba o se pierde si no se vive con conciencia”, respondió la autora.
Esta relación con el arte no es circunstancial ni reciente. Chirokoff creció en un entorno profundamente creativo. Hija de artistas, recuerda su infancia como un espacio donde el arte era refugio y lenguaje cotidiano.
“Desde pequeña realicé animaciones junto a mi padre y, con el tiempo, encontré en la escritura el medio que mejor me permitía expresarme.
“Yo era la típica niña que sacaba cero en matemáticas, pero era buenísima para todo lo demás”, dice con honestidad y humor. Para ella, el arte fue hogar, contención y posibilidad cuando otros caminos parecían ajenos.
Ese entorno familiar no solo alimentó su vocación, sino también su mirada frente al miedo y la incomodidad. Uno de los pasajes más significativos de la entrevista surge cuando Chirokoff recuerda una frase que su padre le dijo al terminar la preparatoria: “Te deseo estar incómoda”.
Lejos de sonar cruel, ese deseo se convierte en una declaración de principios. La incomodidad, explica la autora, es señal de que algo se está moviendo, de que se está enfrentando lo desconocido. Ese pensamiento se traduce en uno de los miedos abordados en el libro: el temor a ser visto, juzgado, expuesto.
“En este punto, la obra conecta de manera profunda con muchos lectores, especialmente con quienes se dedican a la creación artística. El miedo al juicio ajeno, a la mirada del otro, aparece como una experiencia compartida”.
Chirokoff lo reconoce y lo incorpora desde su propia vivencia, pero sin apropiarse de él.
“No queda en mí si les gusta o no”, señala, retomando una conversación con otra escritora. La creación, parece decirnos, implica aceptar que una vez que la obra sale al mundo, deja de pertenecernos.
Qué haría si no tuviera miedo es, en ese sentido, un libro breve en extensión, pero amplio en resonancias.
“Muchos lectores coinciden en que se “devora” en poco tiempo, pero permanece mucho más allá de la última página. En pocas líneas, traté de condensar reflexiones profundas sobre el miedo a lo desconocido, al aspecto físico, al juicio social y al paso del tiempo, miedos que se fueron sumando conforme yo crecía y vivía nuevas experiencias”.
Lejos de ofrecer moralejas, el libro propone preguntas. ¿Qué haríamos si no tuviéramos miedo? ¿Quiénes seríamos? ¿Qué decisiones tomaríamos? La literatura, en este caso, no responde: acompaña. Y en ese acompañamiento radica su fuerza. Chirokoff insiste en que la inspiración no siempre proviene de grandes tragedias o epifanías, sino de lo cotidiano: el cielo, el mar, los gestos simples. “Hay que estar abiertos siempre a la posibilidad de encontrar inspiración en todo”, afirma.
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La entrevista con Maïna Chirokoff deja la sensación de estar frente a una autora joven, pero con una voz clara y una sensibilidad afinada. Su libro dialoga con el arte, la literatura y la experiencia personal sin caer en el exhibicionismo ni en la complacencia. Qué haría si no tuviera miedo no enseña a dejar de temer, pero sí invita a mirar el miedo de frente, reconocerlo como parte de la condición humana y, quizá, dar el primer paso dentro del laberinto.
En tiempos donde el miedo parece ser un estado permanente —social, personal, colectivo—, la propuesta de Chirokoff se siente necesaria. Su literatura no promete salidas rápidas, pero sí compañía honesta. Y eso, en el fondo, es uno de los gestos más generosos que puede ofrecer el arte.
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