Enrique Rivas columna Vozquetinta

Medio siglo sin Agatha Christie

Cuando el 12 de enero de 1976 Agatha Christie cerró la última página de su vida, abrió de paso un capítulo póstumo, igual de misterioso y retador que los argumentos de cualquiera de su copiosa retahíla de obras. La trama, desde entonces, se centra en una interrogante nada fácil de responder: ¿qué la hizo brillar en la élite del mundillo literario universal como uno de sus cofrades más leídos de todos los tiempos, más traducido a otros idiomas, con mayor tiraje impreso de sus libros y más llevado al cine, la televisión y el teatro?

Lo ideal habría sido que Hercule Poirot y miss Jane Marple —por única e hipotética vez trabajando al alimón— fueran los desfacedores de este insondable entuerto. Pero como no comulgo con la idea de recurrir a la inteligencia artificial para plantearle una suposición así, mejor dejo el enigma por la paz. Bastante quebradero de cabeza tengo ya con el desafío al que me enfrenta Agatha en cada novela, como para elucubrar acerca de los resortes de su éxito comercial.

(Defiendo a capa y espada a la novela policiaca como género, no subgénero, literario. Me parece descocado anteponer el prefijo degradante –sub a trabajos que considero maestros y cuya lectura me arrebató de principio a fin. Por citar sólo tres ejemplos: Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe; El complot mongol, de Rafael Bernal; y Ensayo de un crimen, de Rodolfo Usigli. Confieso incluso que Estudio en escarlata, de Sir Arthur Conan Doyle, aunque no está entre mis favoritas, al menos me sirvió como ejercicio académico para mi carrera de Sociología, por aquello de aplicar el método deductivo e inductivo para la resolución de un problema.)

A Agatha Christie le alabo que haya roto las reglas sagradas de la novela policiaca al otorgarle la voz narradora al personaje que parecía menos culpable, en El asesinato de Rogelio Ackroyd. También, por la inimaginada culpabilidad colectiva en que basó su Crimen en el Expreso Oriente. Asimismo, por el no menos ingenioso juego que sirvió de pretexto al criminal para ocultar su secuencia de asesinatos, en El misterio de la guía de ferrocarriles. Y dejo aparte, en un cuadro de honor, a la genial argumentación esgrimida en Diez negritos, para entender por qué, y principalmente cómo, los diez personajes, únicos protagonistas de la obra, van muriendo uno por uno en cierta isla que no tiene contacto con el exterior.

Me sucedió con Diez negritos lo que he pasado con casi toda la producción agathiana: llegar al penúltimo capítulo con la frustración de no haber atinado en quién fue causante del delito que sirve de eje a la historia. “¡Me ganaste otra vez, Agatha!”, suelo exclamar entonces para mis adentros; “y ahora, ¿con cuál de tus inesperadas locuras me vas a salir en las páginas finales?”.

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