Columna Adogma

Cómo (no) ser un hombre de verdad

En los primeros días de este 2026 presenciamos un despliegue importante del modelo de masculinidad hegemónica en el mundo.

Con total impunidad, prepotencia y una exultante muestra de agresividad, el presidente estadounidense se jactó de haber ordenado una operación militar extraterritorial a sus fronteras, para incursionar a otro país y “tomar” “prisionero” a su mandatario por presuntos delitos de tráfico de drogas y terrorismo contra los norteamericanos.

Es pertinente observar estos hechos sin ingenuidad ni sorpresa, esta acción se nos había anunciado a finales del 2025 con distintas acciones militares en el caribe, frente a las costas venezolanas.

Tampoco hay que apreciar con candor esa decisión del presidente de un país poderoso, para intervenir en otra nación -como lo han hecho otros en otras ocasiones-, pues es ilegal desde el punto de vista de los tratados internacionales en materia de derecho, diplomacia y marco de las Naciones Unidas.

Al respecto se han vertido muchas expresiones y análisis. Subrayo algunas características del ser hombre, blanco, poderoso económica, militar y políticamente hablando.

A partir de algunas aportaciones teóricas sobre la violencia machista, hemos sido testigos en vivo, en directo, sin máscaras, del estereotipo de un “macho alfa lomo plateado” que se presenta omnipotente y todo poderoso frente a los demás hombres y mujeres.

Desde luego que podemos también referir que el presidente detenido es otra forma de expresar el patriarcado y el machismo, también hay evidencias públicas de las decisiones violentas para dominar a sus connacionales venezolanos.

El ejemplo del mandatario norteamericano resulta grotesco porque a todas luces, y como lo ha hecho en otros momentos, nos repitió al mundo: soy un hombre blanco, tengo privilegios que me da mi raza, mi origen, mis recursos, desde ahí he venido a decirles lo que tienen que hacer todos ustedes.

Como ese ejemplo, podríamos describir otros más como los casos de Rusia, Turquía, China, Cuba, Venezuela o Argentina, con sus particularidades y proporciones. Sin embargo, igual de opresivas sobre la población de sus países.

Ese despliegue del patriarcado desde el poder político más alto de las naciones refuerza la violencia machista, porque no renuncian a tener la razón, sino que utilizan el argumento de la supuesta autoridad, del conocimiento, de la experiencia, del saber sabio de los hombres, para decidir por y sobre las demás personas.

Reiteran la agresión para el dominio. Institucionalizan la violencia -armada legítima del Estado- para imponerse y como método de “socializar” con las naciones, los pueblos, las personas. Subrayan el discurso del sexo fuerte y el débil (el femenino) y todo lo que se le parezca: las diversidades, las disidencias, las alternativas.

Su pliego de consideraciones se llena de “peros” para justificar ser el macho alfa: los otros nos violentan, nos amenazan, nos hacen daño. Por ello, en lugar de alentar formas diversas de diálogo y convivencia mundial, nos someten a los designios de su ser un hombre de verdad.

crs


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