Cada inicio de año, millones de personas alrededor del mundo se plantean metas personales: mejorar hábitos, cuidar la salud o hacer cambios en su vida cotidiana. Aunque suelen asociarse con una práctica moderna, los Propósitos de Año Nuevo tienen raíces históricas que se remontan a las primeras civilizaciones organizadas.
Especialistas en historia y ciencias sociales coinciden en que esta tradición refleja una constante humana: la necesidad de cerrar ciclos y proyectar un futuro distinto al comenzar un nuevo periodo.
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Propósitos de Año Nuevo: un ritual que nació mucho antes del calendario moderno
Los antecedentes más antiguos de esta práctica se encuentran en la antigua Mesopotamia, donde las celebraciones de Año Nuevo estaban ligadas a rituales de renovación social, política y espiritual. En ese contexto, los compromisos asumidos al inicio del año no eran personales, sino públicos y simbólicos, vinculados al orden social y al favor de las divinidades.
Con el paso del tiempo, estas promesas evolucionaron. En la antigua Roma, por ejemplo, el inicio del año se relacionó con acciones prácticas como saldar deudas, reorganizar la vida cotidiana y comenzar nuevos proyectos, consolidando la idea de que enero representaba un punto de partida.
De ritual religioso a propósito personal: cómo cambió su significado
Durante la Edad Media y la época colonial, la tradición se transformó en un ejercicio de introspección. En distintos contextos religiosos, el comienzo del año se convirtió en una oportunidad para evaluar la conducta individual y plantear mejoras personales.
Con el avance de la modernidad, los Propósitos de Año Nuevo se secularizaron. Dejaron de estar ligados exclusivamente a la fe y comenzaron a enfocarse en aspectos como la salud, la economía personal y el bienestar emocional, una tendencia que se mantiene hasta la actualidad.
Por qué los propósitos siguen repitiéndose cada año
Diversos estudios históricos y psicológicos muestran que, pese a que muchas personas no logran cumplir sus propósitos, la práctica persiste. Esto se debe a que el cambio de año funciona como un marcador simbólico que facilita la reflexión y la toma de decisiones.
A lo largo del siglo XX y XXI, medios de comunicación han documentado que los propósitos más comunes apenas han variado: abandonar malos hábitos, mejorar la salud y fortalecer relaciones personales. La repetición de estos objetivos confirma que el ritual responde más a una necesidad emocional que a la garantía de resultados inmediatos.
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¿Funcionan los Propósitos de Año Nuevo?
Especialistas coinciden en que el éxito de los propósitos no depende del calendario, sino de que las metas sean realistas y sostenibles. Aun así, el valor simbólico del Año Nuevo sigue siendo un incentivo poderoso para intentar cambios, incluso sabiendo que no todos se cumplirán.
Más que una fórmula de éxito, los Propósitos de Año Nuevo representan una pausa colectiva para pensar en el rumbo personal y social, una costumbre que ha sobrevivido por miles de años precisamente por su capacidad de adaptarse a cada época.
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