En Hidalgo, como en buena parte del país, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) está muerto. Su caída no ha sido sorpresiva ni accidental, sino el resultado lógico de décadas de abusos, corrupción, soberbia y desconexión con la ciudadanía. Sin embargo, hay quienes todavía se aferran a la idea de que el viejo partido puede revivir, aunque sea como un zombi político que busca una segunda oportunidad… o al menos una curul.
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Son pocos, pero ruidosos. Exfuncionarios, operadores, “cuadros” que alguna vez fueron cercanos al poder y hoy se resisten a perder el último centímetro de influencia. Muchos de ellos lo hacen no por convicción, sino por nostalgia presupuestaria. Extrañan más el cheque que los principios.
Hoy, el edificio de Colosio, donde alguna vez se tomaban decisiones que marcaban el rumbo del estado, parece una casa abandonada. Sin recursos ni para pagar el predial, sin estructura, sin bases movilizadas, y con dirigencias que han optado por amenazar o descalificar a los pocos periodistas que aún voltean a verlos.
La escena es patética. Mientras las bases son abandonadas a su suerte, los líderes que quedan buscan acomodo en Morena, donde son recibidos con cortesía institucional —y a veces con alfombra roja—. El resto solo observa cómo los viejos líderes tricolores mutan sin pudor hacia el color guinda, mientras el partido que les dio todo se desvanece.
El PRI ya no es relevante en el debate público, ni en la oposición, ni siquiera como actor de presión. No hay narrativa, no hay estrategia, no hay propuesta. Su único papel hoy parece ser el de ejemplo de lo que no se debe hacer en política.
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En Hidalgo, el partido que alguna vez se jactó de ser “el motor del progreso” es ahora tema de conversación solo para hablar de su colapso. De sus traiciones. De cómo dejó ir todo. La ciudadanía ya no espera nada del PRI, y eso lo convierte en un actor irrelevante.
No. El PRI no va a resucitar. Al menos no como lo conocimos. Y tal vez eso no sea tan malo.
mho
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